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La empresas telefónicas, a la caza de usuarios de 6 años

04/05/2009

La industria de la telefonía móvil parece haber encontrado en los más pequeños una posible clientela muy rentable. Movistar e Imaginarium han lanzado un nuevo modelo “para nuestros pequeños (a partir de seis años)”.

Las críticas no se han hecho esperar. En primer lugar surge el debate de que el hábito de tener un móvil a la edad de seis años convierte al menor en un consumidor de por vida del teléfono móvil.

Por otro lado, Europa va tomando conciencia del enorme problema de salud pública que amenaza con tapar nuestro débil bienestar con una infinita manta eléctrica. El Gobierno francés está preparando una nueva ley que convertirá en ilegal la publicidad de teléfonos móviles que se dirija a los niños de menos de 12 años de edad. Así lo ha anunciado el ministro de Medio Ambiente francés. También contempla ilegalizar la venta de teléfonos móviles diseñados para ser utilizados por niños de seis años o menos.

El Gobierno francés quiere obligar asimismo a que todos los teléfonos móviles se vendan acompañados de auriculares de manos libres para alejar la radiación del cerebro de los ciudadanos. En Finlandia y en el Reino Unido se han emitido recomendaciones oficiales para que los niños no usen estos aparatos.

En España, sin embargo, no está regulado el uso de móviles por niños. Parece que nadie se cuestiona que si las ondas electromagnéticas pueden ser perjudiciales para los adultos, mayor peligro corren los cerebros que no han terminado de formarse.

Mientras que en el Estado español parece como si el problema no existiera, en regiones como la de Bruselas, la Corte Constitucional de Bélgica ha establecido los límites de emisión de ondas electromagnéticas en 3 voltios por metro cuadrado (V/m), cuando la normativa contemplaba 40 V/m, y el Principado de Liechtenstein establece su máximo de emisión en 0,6 V/m2. La propuesta de límite de emisiones electromagnéticas de la OMS es de 500 microwatios/ cm, el equivalente de 43,417 V/m.

En España son 400 microwatios/ cm o 38,833 V/m, en Cataluña la mitad, 200 o 27,459 V/m. Países como Suecia, Polonia, Italia, Rusia, Grecia o Reino Unido son mucho más restrictivos. Cada región puede poner el límite que considere necesario con la consiguiente disparidad entre territorios.

Diversos especialistas y un reciente informe de la UE instan a revisar los límites de exposición, recomendados por una normativa europea en 1999, por haberse quedado obsoletos (un grupo de expertos reunidos en Salzburgo, Austria, en el año 2000, estableció los límites de seguridad 5.000 veces por debajo).

Fuente: diagonalperiodico.net

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  1. 26/04/2010 8:19 PM

    SIN MÓVIL NO PUEDO VIVIR

    Los que nacimos a caballo entre la era analógica y la digital, con lo que la desorientación que los cambios conlleva. Vemos como las nuevas tecnologías se han instalado en nuestras vidas como cosa parida y alumbrada, para dar voz de nuestras lejanas palabras .Y una de ellas, es el teléfono móvil.

    La televisión en color, fue anular los mates acromáticos y bipolares colores del blanco y negro. El video reproductor, fue la magia de como tener el cine en casa. Y la telefonía móvil, allá por los noventa, parecía herramienta adjudicada sólo para ejecutivos y gentes selectas de jactancia y vanidad demostrada.

    Hoy, sería impensable no tener un aparatito celular como cosa normal, y hasta necesaria en nuestra vida cotidiana. Porqué, tener la palabra en el instante y en cualquier lugar, es demasiado tentador y seductor para los alientos rotos y estos tiempos que caminan tan deprisa. Las ondas navegan como en un río de afluyente, que recurva por las sendas las palabras viajeras que circulan por el aire; de oído a oído, de boca en boca van las palabras viajando por el viento que las transporta mudables y amenas. A veces, para que se oigan nuestras tristes quejas. A veces, nuestro más anhelo deseo de ser amadores y amantes que se nos olvidaron dentro de la sien. O las medidas de ese armario de cocina que hace tiempo que debemos de comprar.
    Las compañías de telefonía, suelen echar el fruto después de la semilla, buscando adeptos por los rincones más callados y silenciosos de la juventud. Para convertirlos en discípulos de la tecnología más condicional, siendo los usuarios, siervos para esta nueva “religión” tecnológica de este siglo XXI, emanando del dictado de las multinacionales ambiciosas, que se retroalimentan de la gula, de una necesidad de estar comunicado y localizado al instante.

    – ¡Hostia! Me he quedado sin cobertura. ¡Esto es mi ruina!

    Quitarle el móvil a un adolescente, sería como castrar su libertad más honda y de íntimo suspiro, quedando su alma quebrada y desnuda, inherente. Pues sin el artilugio, el joven traumatizado y aterrado por la impresión de desviarse del camino, tóxico y adictivo de la tecnología, se vería perdido en un mar de adversidades. Sintiéndose sólo y mutilado de su desgracia más tormentosa y de angustia más insufrible, para dejar de ser un ser comunicativo, traumatizando su participación de adicción, no de necesidad.

    – ¡Mi móvil hace fotos y videos, y se conecta a internet!

    Los yo-yos y las peonzas pertenecen más al “paleolítico” pasado que a los tiempos vanguardistas y bendita locura del progreso. Pues girando la cabeza sólo un poco, lo podemos ver en cercano pasado, de un ayer que no hace tanto. Donde tener un teléfono de línea ya era cosa de civilización y progreso más anticipado.
    La “bestia” de la colonizadora tecnología, ha avanzado con legiones mandadas por el oráculo de los celulares, viviente imagen de la red de comunicación más agresiva, desviando el polo magnético de la locura, que señala hacia todas direcciones y puntos cardinales de nuestras estresadas y agobiantes vidas.

    Ni una sola onda perdida que se evada por el camino que va al oído, ni se pueda escapar hacia el infinito cielo, corriendo el peligro (el temor) de perder el factor humano, sustituyendo los susurros por voces de metal. Y como ciudades tecnológicas, viviremos amurallados por las ondas de los wifi y los GPS, con el peligro que conlleva el sembrar semillas de soledad, quedando aislados por la piedra muerta de la muralla apantallada, invisible a los ojos, pero permeable a la visión tibia de la necesidad de conversar livianamente, para acabar encerrados en medio del expresivo silencio de un palacio desierto que es la ciudad, donde somos muchos y, a veces, parece que nadie dice nada.

    Sergio Farras, escritor tremendista

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